Los bienes terrenos deben servir para la santificación, no para ser ídolos para el hombre. Causa de los castigos.

Después de haber pasado días amarguísimos de privación, me sentía cansada y sin fuerzas, si bien iba ofreciendo estas mismas penas diciendo: “Señor, Tú sabes cuánto me cuesta el estar privada de Ti, pero me resigno a tu Santa Voluntad, ofreciendo esta pena acerbísima como medio para atestiguarte mi amor y aplacarte; estos tedios, fastidios, flaquezas, frialdades que siento, tengo intención de enviártelos como mensajeros de alabanzas y de reparaciones por mí y por todas las criaturas; esto tengo y esto te ofrezco. Es cierto que Tú aceptas el sacrificio de la buena voluntad cuando se te ofrece lo que uno puede sin reserva alguna, pero ven, porque no puedo más.” Muchas veces me venía la tentación de conformarme a la Justicia y pensaba que la causa por la que no venía era yo misma, porque cuando Jesús, en los días pasados me había dicho que si no me conformaba lo obligaría a que no viniera y a no decirme más nada, para no tenerme descontenta, pero no tenía ánimo de hacerlo, mucho más porque la obediencia no lo consentía. Mientras me encontraba entre estas amarguras, primero ha venido una luz, con una voz que decía: “A medida que el hombre se entromete en las cosas terrenas, así se aleja y pierde la estima de los bienes eternos. Yo he dado las riquezas para que se sirvan de ellas para su santificación, pero se han servido de ellas para ofenderme y formar un ídolo para su corazón, y yo destruiré a las personas y a las riquezas junto con ellas.” Después de esto he visto a mi amadísimo Jesús, pero tan sufriente, ofendido y airado con las gentes, que daba terror. Yo, súbito he comenzado a decirle: “Señor, te ofrezco tus llagas, tu sangre, el uso santísimo de tus santísimos sentidos que hiciste en el curso de tu Vida mortal, para repararte las ofensas y el mal uso de los sentidos que hacen las criaturas.” Y Jesús, tomando un aspecto serio y casi airado ha dicho: “¿Sabes tú cómo han llegado a ser los sentidos de las criaturas? Como aquellos rugidos de las bestias feroces, que con sus rugidos alejan a los hombres en vez de atraerlos. Es tanta la podredumbre y la multiplicidad de las culpas que sale de sus sentidos, que me obligan a huir.” Y yo: “¡Ah! Señor, como te veo enojado; si Tú quieres continuar mandando castigos yo me quiero ir al Cielo, o bien quiero salir de este estado. ¿En qué aprovecha estar en él si ya no puedo más ofrecerme víctima para librar a las gentes?” Y Él, hablándome serio, tanto que me sentía aterrar me ha dicho: “Tú quieres tocar los dos extremos, o que no haga nada, o que tú te quieres venir. ¿No te contentas con que las gentes sean perdonadas en parte? ¿Crees tú que Corato sea el mejor y el que menos me ofende? ¿Y el que lo haya perdonado en parte en comparación de las otras ciudades es cosa de nada? Por eso conténtate y cálmate, y mientras Yo me ocupo en castigar a las gentes, tú acompáñame con tus suspiros y con tus sufrimientos, pidiéndome que los mismos castigos sirvan para la conversión de los pueblos.”

Luisa Piccarreta Volumen 02 167/8

 

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