Jesús habla de su gran amor por las criaturas.

Mi dulcísimo Jesús continúa manifestándose casi siempre igual. Esta mañana ha agregado: “Hija mía, es tanto el amor hacia las criaturas, que como un eco resuena en las regiones celestiales, llena la atmósfera y se difunde sobre toda la tierra. ¿Pero cuál es la correspondencia que dan las criaturas a este eco amoroso? ¡Ay! me corresponden con un eco de ingratitud, venenoso, lleno de todo tipo de amarguras y de pecados, con un eco casi asesino, apto sólo para herirme. Pero yo despoblaré la faz de la tierra, a fin de que este eco lleno de veneno no aturda más mis oídos.” Y yo: “¡Ah! Señor, ¿qué dices?” Y Jesús: “Yo no hago más que como un médico piadoso, que tiene los remedios extremos para sus hijos, y estos hijos están llenos de llagas, ¿qué hace este padre y médico que ama a sus hijos más que la propia vida? ¿Dejará que se gangrenen estas llagas? ¿Los dejará morir por temor de que aplicando el fuego y los instrumentos ellos sufran? ¡No, jamás! Aunque sentirá como si sobre él se aplicaran tales instrumentos, con todo y esto tomará los instrumentos, desgarra y corta las carnes, aplica el remedio, el fuego, para impedir que la corrupción avance más. Si bien muchas veces sucede que en estas operaciones los pobres hijos se mueren, pero no era esta la voluntad del padre médico, sino que su voluntad es verlos curados. Así soy Yo, hiero para curarlos, los destruyo para resucitarlos; que muchos perezcan, no es esa mi Voluntad, esto es efecto de su malvada y obstinada voluntad, es efecto de este eco venenoso que, hasta no verse destruidos quieren enviármelo.” Y yo: “Dime, mi único Bien, ¿cómo podría endulzarte este eco venenoso que tanto te aflige?” Y Él: “El único medio es que tú hagas siempre todas tu obras con la sola finalidad de agradarme y que uses todos tus sentidos y potencias con la finalidad de amarme y glorificarme. Haz que cada pensamiento tuyo, palabra y todo lo demás, no quiera otra cosa que el amor que tienes hacia Mí, así tu eco subirá agradable a mi trono y endulzará mi oído.”

Luisa Piccarreta Volumen 02 170

El hombre es una reproducción del Ser Divino.

Esta mañana mi adorable Jesús ha venido y me ha transportado fuera de mí misma en medio a las gentes, y parecía que Jesús miraba con ojos de compasión a las criaturas, y los mismos castigos aparecían como infinita misericordia suya, salida de lo más íntimo de su corazón amorosísimo; entonces, vuelto hacia mí me ha dicho: “Hija mía, el hombre es una reproducción del Ser Divino, y como nuestro alimento es el amor, siempre recíproco, conforme y constante entre las Tres Divinas Personas, entonces, el hombre habiendo salido de nuestras manos y del amor puro y desinteresado, es como una partícula de nuestro alimento. Ahora, esta partícula se ha vuelto amarga; no sólo eso, sino que la mayor parte, separándose de Nosotros se ha hecho pasto de las llamas infernales y alimento del odio implacable de los demonios, nuestros y sus capitales enemigos. He aquí la causa principal de nuestro descontento por la pérdida de las almas: Porque son nuestras, son cosa que nos pertenece; y también la causa que me empuja a castigarlos, es el gran amor que tengo por ellos, para poder poner a salvo sus almas.” Y yo: “¡Ah! Señor, parece que esta vez no tienes otras palabras que decir más que de castigos, tu Potencia tiene tantos otros medios para salvar estas almas. Y además, si estuviera cierta que toda la pena caería sobre ellos y Tú quedaras libre, sin sufrir en ellos, me contentaría, pero veo que ya estás sufriendo mucho por aquellos castigos que has mandado, ¿qué será si continúas mandando otros castigos?” Y Jesús: “A pesar de todo lo que sufro, el Amor me obliga a enviar flagelos más pesados, y esto porque no hay medio más potente para hacer entrar en sí mismo al hombre y hacerle conocer qué cosa es su ser, que el hacer que se vea a sí mismo deshecho, los otros medios parece que lo robustecen de más; por eso confórmate a mi Justicia. Veo bien que el amor que tú me tienes es lo que te empuja a no conformarte conmigo, y no tienes corazón de verme sufrir, pero también mi Madre me amó más que todas las criaturas, tanto, que ninguna otra podrá jamás igualarla, sin embargo, para salvar a las almas se conformó a la Justicia y se contentó con verme sufrir tanto. Si esto hizo mi Madre, ¿cómo no lo podrías hacer tú?” Y en el momento en que Jesús hablaba me sentía atraer tanto mi voluntad a la suya, que casi no sabía resistir a conformarme con su Justicia, no sabía qué decir, tan convencida me sentía; sin embargo no manifesté mi voluntad. Jesús ha desaparecido y yo he quedado en esta duda, si debo o no conformarme.
Luisa Piccarreta Volumen 02 169/70