Pureza de intención.

Esta mañana, habiendo venido el adorable Jesús y transportándome fuera de mí misma, me ha hecho ver calles llenas de cadáveres. ¡Qué despiadada carnicería! Da horror pensarlo. Después me ha hecho ver que sucedía una cosa en el aire y muchos morían de improviso; esto lo vi también por el mes de marzo. Yo empecé, según mi costumbre, a rogarle que se aplacara y que librara a sus mismas imágenes de suplicios tan crueles, de guerras tan sangrientas, y como tenía la corona de espinas se la he quitado para ponérmela yo, y esto para aplacarlo mayormente, pero con suma pena he visto que casi todas las espinas quedaban rotas en su santísima cabeza, así que poquísimo me quedaba para sufrir a mí. Jesús se mostraba severo; casi sin ponerme atención me ha transportado de nuevo a mi cama, y como yo me encontraba con los brazos en cruz, sufriendo los dolores de la crucifixión que Él mismo me había participado antes, ha tomado mis brazos y me los unió, atándolos con una cuerdecilla de oro. Yo, no poniendo atención a qué significaba aquello, para romper ese aire severo que tenía le he dicho: “Dulcísimo amor mío, te ofrezco estos movimientos de mi cuerpo que Tú mismo me has hecho y todos los demás que pueda yo hacer, con el único fin de agradarte y glorificarte. Ah sí, quisiera que también los movimientos de los párpados, los de mis ojos, de mis labios y de toda yo misma sean hechos con el único fin de agradarte sólo a Ti. Haz, oh buen Jesús, que todos mis huesos, mis nervios, resuenen entre ellos y con clara voz te atestigüen mi amor.” Y Él me ha dicho: “Todo lo que se hace con la única finalidad de agradarme, resplandece ante Mí de una manera tal que atrae mis miradas divinas, y me agrada tanto, que a esas acciones, aunque fuesen sólo un movimiento de pestañas, les doy el valor como si fueran hechas por Mí. En cambio las otras acciones, que en sí mismas son buenas y aun grandes, no hechas únicamente para Mí, son como ese oro enlodado y lleno de herrumbre que no resplandece, y Yo no me digno ni siquiera mirarlas.” Y yo: “Ah Señor, qué fácil es que el polvo ensucie nuestras acciones.” Y Él: “No se necesita poner atención al polvo, porque este se sacude, a lo que hay que atender es a la intención.” Ahora, mientras esto se decía, Jesús se ocupaba en atarme los brazos. Yo le he dicho: “Señor, ¿qué haces?” Y Él: “Hago esto porque tú estando en la posición de la crucifixión me aplacas, y Yo como quiero castigar a las gentes te los estoy atando.” Y dicho esto desapareció.

Luisa Piccarreta Volumen 03 178

 

Purificación de la Iglesia. Las almas víctimas son su sostén.

Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma dentro de una iglesia, y ahí había un sacerdote que celebraba el divino sacrificio, y mientras esto hacía lloraba amargamente y decía: “La columna de mi Iglesia no tiene donde apoyarse.” En el momento que decía esto he visto una columna cuya cima tocaba el cielo, y por debajo de esta columna estaban sacerdotes, obispos, cardenales y todas las demás dignidades, que sostenían dicha columna, pero con mi sorpresa, al mirar he visto que de estas personas, quien era muy débil, quien medio acabado, quien enfermo, quien lleno de fango; escasísimo era el número de aquellos que se encontraban en estado de sostenerla, así que esta pobre columna, tantas eran las sacudidas que recibía desde abajo, que se tambaleaba sin poder estar firme. Hasta arriba de esta columna estaba el santo Padre, que con cadenas de oro y con los rayos que despedía de toda su persona, hacía cuanto más podía para sostenerla, para encadenar e iluminar a las personas que moraban en la parte baja, si bien alguna se escapaba para tener más oportunidad de degradarse y enfangarse, y no sólo a estas personas sino que trataba de atar e iluminar a todo el mundo. Mientras yo veía esto, aquel sacerdote que celebraba la misa (aunque tengo duda si era sacerdote o bien Nuestro Señor. Me parece que era Él, pero no lo sé decir con certeza), me ha llamado junto a Él y me ha dicho: “Hija mía, mira en qué estado lamentable se encuentra mi Iglesia, las mismas personas que debían sostenerla desfallecen, y con sus obras la abaten, la golpean, y llegan a denigrarla. El único remedio es que haga derramar tanta sangre, hasta formar un baño para poder lavar ese purulento fango y sanar sus profundas llagas, para que sanadas, reforzadas, embellecidas por esa sangre puedan ser instrumentos hábiles para mantenerla estable y firme.” Después ha agregado: “Te he llamado para decirte: ¿Quieres tú ser víctima y así ser como un puntal para sostener esta columna en tiempos tan incorregibles?” Yo en principio me sentí correr un escalofrío por temor, y porque quizá no tendría la fuerza, pero en seguida me he ofrecido y he pronunciado el Fiat. Mientras estaba en esto me he encontrado rodeada por muchos santos, ángeles y almas purgantes que con flagelos y otros instrumentos me atormentaban, y yo, si bien al principio sentía temor, pero después, por cuanto más sufría tanto más me venía el deseo de sufrir y saboreaba el sufrir como un dulcísimo néctar. Y mucho más porque me vino un pensamiento: “Quién sabe si esas penas pudiesen ser medio para consumar la vida y así poder emprender el último vuelo hacia mi sumo y único Bien.” Pero con suma pena, después de haber sufrido acerbas penas, he visto que esas penas no me consumaban la vida. ¡Oh Dios, qué pena, que esta frágil carne me impida unirme con mi Bien eterno! Después de esto he visto la sangrienta masacre que se hacía de aquellas personas que estaban bajo la columna. ¡Qué horrible catástrofe! Escasísimo era el número de los que no caían víctimas, llegaban a tal atrevimiento que trataban de matar al santo Padre. Pero después parecía que aquella sangre derramada, aquellas sangrientas víctimas destrozadas, eran medios para hacer fuertes a aquellos que quedaban, de modo que sostenían la columna sin hacerla bambolear más. ¡Oh, qué felices días! después de esto despuntaban días de triunfos y de paz, la faz de la tierra parecía renovada, la columna adquiría su primer lustre y esplendor. ¡Oh días felices, desde lejos yo os saludo, pues tanta gloria daréis a la Iglesia y tanto honor a Dios que es su cabeza!

Luisa Piccarreta Volumen 03 176