Purificación de la Iglesia. Las almas víctimas son su sostén.

Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma dentro de una iglesia, y ahí había un sacerdote que celebraba el divino sacrificio, y mientras esto hacía lloraba amargamente y decía: “La columna de mi Iglesia no tiene donde apoyarse.” En el momento que decía esto he visto una columna cuya cima tocaba el cielo, y por debajo de esta columna estaban sacerdotes, obispos, cardenales y todas las demás dignidades, que sostenían dicha columna, pero con mi sorpresa, al mirar he visto que de estas personas, quien era muy débil, quien medio acabado, quien enfermo, quien lleno de fango; escasísimo era el número de aquellos que se encontraban en estado de sostenerla, así que esta pobre columna, tantas eran las sacudidas que recibía desde abajo, que se tambaleaba sin poder estar firme. Hasta arriba de esta columna estaba el santo Padre, que con cadenas de oro y con los rayos que despedía de toda su persona, hacía cuanto más podía para sostenerla, para encadenar e iluminar a las personas que moraban en la parte baja, si bien alguna se escapaba para tener más oportunidad de degradarse y enfangarse, y no sólo a estas personas sino que trataba de atar e iluminar a todo el mundo. Mientras yo veía esto, aquel sacerdote que celebraba la misa (aunque tengo duda si era sacerdote o bien Nuestro Señor. Me parece que era Él, pero no lo sé decir con certeza), me ha llamado junto a Él y me ha dicho: “Hija mía, mira en qué estado lamentable se encuentra mi Iglesia, las mismas personas que debían sostenerla desfallecen, y con sus obras la abaten, la golpean, y llegan a denigrarla. El único remedio es que haga derramar tanta sangre, hasta formar un baño para poder lavar ese purulento fango y sanar sus profundas llagas, para que sanadas, reforzadas, embellecidas por esa sangre puedan ser instrumentos hábiles para mantenerla estable y firme.” Después ha agregado: “Te he llamado para decirte: ¿Quieres tú ser víctima y así ser como un puntal para sostener esta columna en tiempos tan incorregibles?” Yo en principio me sentí correr un escalofrío por temor, y porque quizá no tendría la fuerza, pero en seguida me he ofrecido y he pronunciado el Fiat. Mientras estaba en esto me he encontrado rodeada por muchos santos, ángeles y almas purgantes que con flagelos y otros instrumentos me atormentaban, y yo, si bien al principio sentía temor, pero después, por cuanto más sufría tanto más me venía el deseo de sufrir y saboreaba el sufrir como un dulcísimo néctar. Y mucho más porque me vino un pensamiento: “Quién sabe si esas penas pudiesen ser medio para consumar la vida y así poder emprender el último vuelo hacia mi sumo y único Bien.” Pero con suma pena, después de haber sufrido acerbas penas, he visto que esas penas no me consumaban la vida. ¡Oh Dios, qué pena, que esta frágil carne me impida unirme con mi Bien eterno! Después de esto he visto la sangrienta masacre que se hacía de aquellas personas que estaban bajo la columna. ¡Qué horrible catástrofe! Escasísimo era el número de los que no caían víctimas, llegaban a tal atrevimiento que trataban de matar al santo Padre. Pero después parecía que aquella sangre derramada, aquellas sangrientas víctimas destrozadas, eran medios para hacer fuertes a aquellos que quedaban, de modo que sostenían la columna sin hacerla bambolear más. ¡Oh, qué felices días! después de esto despuntaban días de triunfos y de paz, la faz de la tierra parecía renovada, la columna adquiría su primer lustre y esplendor. ¡Oh días felices, desde lejos yo os saludo, pues tanta gloria daréis a la Iglesia y tanto honor a Dios que es su cabeza!

Luisa Piccarreta Volumen 03 176

 

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