Miembros enfermos y miembros sanos en el cuerpo místico de Jesús.

Continúa viniendo mi adorable Jesús, y esta vez lo veía en el momento cuando estaba atado a la columna; Él, desatándose se arrojaba en mis brazos para ser compadecido por mí. Yo me lo he estrechado y he comenzado a arreglarle los cabellos, todos con coágulos de sangre, a secarle los ojos y el rostro, y al mismo tiempo lo besaba y hacía diversos actos de reparación. Cuando llegué a las manos y le quité la cadena, con suma maravilla vi que la cabeza era de Nuestro Señor, pero los miembros eran de tantas otras personas, especialmente religiosas. ¡Oh! cuántos miembros infectados que daban más tinieblas que luz; en el lado izquierdo estaban los que daban más sufrimiento a Jesús, se veían miembros enfermos, llenos de llagas agusanadas y profundas, otros que apenas quedaban unidos por un nervio a aquel cuerpo; oh, cómo se dolía y vacilaba aquella cabeza divina sobre aquellos miembros. Al lado derecho se veían aquellos que eran más buenos, esto es, miembros sanos, resplandecientes, cubiertos de flores y de rocío celestial, perfumados con fragantes olores, y entre estos miembros se descubría alguno que despedía un perfume apagado. Esta cabeza divina sobre estos miembros sufría mucho. Es verdad que había miembros resplandecientes, que casi se asemejaban a la luz de aquella cabeza, que la recreaban y le daban grandísima gloria, pero eran en número más grande los miembros infectados. Jesús, abriendo su dulcísima boca me dijo: “Hija mía, ¡cuántos dolores me dan estos miembros! Este cuerpo que tú ves es el cuerpo místico de mi Iglesia, del cual me glorío de ser su cabeza, ¡pero qué cruel desgarro hacen estos miembros en este cuerpo! Parece que se azuzan entre ellos para ver quien puede darme más tormento.” Ha dicho otras cosas que no recuerdo bien sobre este cuerpo, por eso pongo punto.

Luisa Piccarreta Volumen 03 188

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La Gracia hace feliz al alma.

Esta mañana mi amado Jesús no venía, pero después de mucho esperar, en cuanto lo he visto me lamenté con Él por su tardanza, diciéndole: “Señor bendito, ¿cómo es que tardas tanto, tal vez te has olvidado que no puedo estar sin Ti? ¿O acaso perdí tu Gracia y por eso no vienes?” Y Él interrumpiendo mis lamentos me ha dicho: “Hija mía, ¿sabes tú qué cosa hace mi Gracia? Mi Gracia hace feliz el alma de los bienaventurados comprensores, y vuelve feliz el alma de los viadores, con esta sola diferencia, que los comprensores gozándose y deleitándose, y los viadores trabajando y poniéndola en comercio. Así que quien posee la Gracia tiene en sí misma el paraíso, porque la Gracia no es otra cosa que poseerme a Mí mismo, y siendo Yo sólo el objeto encantador que encanta a todo el paraíso y que formo todos los contentos de los bienaventurados, el alma, poseyendo la Gracia, dondequiera que se encuentre posee su paraíso.”

Luisa Piccarreta Volumen 03 186