La Gracia hace feliz al alma.

Esta mañana mi amado Jesús no venía, pero después de mucho esperar, en cuanto lo he visto me lamenté con Él por su tardanza, diciéndole: “Señor bendito, ¿cómo es que tardas tanto, tal vez te has olvidado que no puedo estar sin Ti? ¿O acaso perdí tu Gracia y por eso no vienes?” Y Él interrumpiendo mis lamentos me ha dicho: “Hija mía, ¿sabes tú qué cosa hace mi Gracia? Mi Gracia hace feliz el alma de los bienaventurados comprensores, y vuelve feliz el alma de los viadores, con esta sola diferencia, que los comprensores gozándose y deleitándose, y los viadores trabajando y poniéndola en comercio. Así que quien posee la Gracia tiene en sí misma el paraíso, porque la Gracia no es otra cosa que poseerme a Mí mismo, y siendo Yo sólo el objeto encantador que encanta a todo el paraíso y que formo todos los contentos de los bienaventurados, el alma, poseyendo la Gracia, dondequiera que se encuentre posee su paraíso.”

Luisa Piccarreta Volumen 03 186

Males de la soberbia.

Continúa viniendo mi adorable Jesús, y como mi mente, antes de que viniera estaba pensando en ciertas cosas que me había dicho en años pasados, y que no recuerdo bien, Él, como para recordarme me ha dicho: “Hija mía, la soberbia roe la Gracia. En los corazones de los soberbios no hay otra cosa que un vacío todo lleno de humo que produce la ceguera. La soberbia no hace más que hacer de sí mismo un ídolo, así que el alma soberbia no tiene a su Dios consigo; con el pecado ha buscado destruirlo en su corazón, y levantando un altar en él se pone encima y se adora a sí mismo.” ¡Oh! Dios, qué monstruo abominable es este vicio. A mí me parece que si el alma está atenta a no dejarlo entrar en ella, estará libre de todos los otros vicios; pero si por su desventura se deja dominar por él, como es madre monstruosa y mala, le parirá todos sus hijos díscolos, los cuales son los demás pecados. ¡Ah Señor, tenla lejos de mí!

Luisa Piccarreta Volumen 03 183

Pureza de intención.

Esta mañana, habiendo venido el adorable Jesús y transportándome fuera de mí misma, me ha hecho ver calles llenas de cadáveres. ¡Qué despiadada carnicería! Da horror pensarlo. Después me ha hecho ver que sucedía una cosa en el aire y muchos morían de improviso; esto lo vi también por el mes de marzo. Yo empecé, según mi costumbre, a rogarle que se aplacara y que librara a sus mismas imágenes de suplicios tan crueles, de guerras tan sangrientas, y como tenía la corona de espinas se la he quitado para ponérmela yo, y esto para aplacarlo mayormente, pero con suma pena he visto que casi todas las espinas quedaban rotas en su santísima cabeza, así que poquísimo me quedaba para sufrir a mí. Jesús se mostraba severo; casi sin ponerme atención me ha transportado de nuevo a mi cama, y como yo me encontraba con los brazos en cruz, sufriendo los dolores de la crucifixión que Él mismo me había participado antes, ha tomado mis brazos y me los unió, atándolos con una cuerdecilla de oro. Yo, no poniendo atención a qué significaba aquello, para romper ese aire severo que tenía le he dicho: “Dulcísimo amor mío, te ofrezco estos movimientos de mi cuerpo que Tú mismo me has hecho y todos los demás que pueda yo hacer, con el único fin de agradarte y glorificarte. Ah sí, quisiera que también los movimientos de los párpados, los de mis ojos, de mis labios y de toda yo misma sean hechos con el único fin de agradarte sólo a Ti. Haz, oh buen Jesús, que todos mis huesos, mis nervios, resuenen entre ellos y con clara voz te atestigüen mi amor.” Y Él me ha dicho: “Todo lo que se hace con la única finalidad de agradarme, resplandece ante Mí de una manera tal que atrae mis miradas divinas, y me agrada tanto, que a esas acciones, aunque fuesen sólo un movimiento de pestañas, les doy el valor como si fueran hechas por Mí. En cambio las otras acciones, que en sí mismas son buenas y aun grandes, no hechas únicamente para Mí, son como ese oro enlodado y lleno de herrumbre que no resplandece, y Yo no me digno ni siquiera mirarlas.” Y yo: “Ah Señor, qué fácil es que el polvo ensucie nuestras acciones.” Y Él: “No se necesita poner atención al polvo, porque este se sacude, a lo que hay que atender es a la intención.” Ahora, mientras esto se decía, Jesús se ocupaba en atarme los brazos. Yo le he dicho: “Señor, ¿qué haces?” Y Él: “Hago esto porque tú estando en la posición de la crucifixión me aplacas, y Yo como quiero castigar a las gentes te los estoy atando.” Y dicho esto desapareció.

Luisa Piccarreta Volumen 03 178

 

Purificación de la Iglesia. Las almas víctimas son su sostén.

Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma dentro de una iglesia, y ahí había un sacerdote que celebraba el divino sacrificio, y mientras esto hacía lloraba amargamente y decía: “La columna de mi Iglesia no tiene donde apoyarse.” En el momento que decía esto he visto una columna cuya cima tocaba el cielo, y por debajo de esta columna estaban sacerdotes, obispos, cardenales y todas las demás dignidades, que sostenían dicha columna, pero con mi sorpresa, al mirar he visto que de estas personas, quien era muy débil, quien medio acabado, quien enfermo, quien lleno de fango; escasísimo era el número de aquellos que se encontraban en estado de sostenerla, así que esta pobre columna, tantas eran las sacudidas que recibía desde abajo, que se tambaleaba sin poder estar firme. Hasta arriba de esta columna estaba el santo Padre, que con cadenas de oro y con los rayos que despedía de toda su persona, hacía cuanto más podía para sostenerla, para encadenar e iluminar a las personas que moraban en la parte baja, si bien alguna se escapaba para tener más oportunidad de degradarse y enfangarse, y no sólo a estas personas sino que trataba de atar e iluminar a todo el mundo. Mientras yo veía esto, aquel sacerdote que celebraba la misa (aunque tengo duda si era sacerdote o bien Nuestro Señor. Me parece que era Él, pero no lo sé decir con certeza), me ha llamado junto a Él y me ha dicho: “Hija mía, mira en qué estado lamentable se encuentra mi Iglesia, las mismas personas que debían sostenerla desfallecen, y con sus obras la abaten, la golpean, y llegan a denigrarla. El único remedio es que haga derramar tanta sangre, hasta formar un baño para poder lavar ese purulento fango y sanar sus profundas llagas, para que sanadas, reforzadas, embellecidas por esa sangre puedan ser instrumentos hábiles para mantenerla estable y firme.” Después ha agregado: “Te he llamado para decirte: ¿Quieres tú ser víctima y así ser como un puntal para sostener esta columna en tiempos tan incorregibles?” Yo en principio me sentí correr un escalofrío por temor, y porque quizá no tendría la fuerza, pero en seguida me he ofrecido y he pronunciado el Fiat. Mientras estaba en esto me he encontrado rodeada por muchos santos, ángeles y almas purgantes que con flagelos y otros instrumentos me atormentaban, y yo, si bien al principio sentía temor, pero después, por cuanto más sufría tanto más me venía el deseo de sufrir y saboreaba el sufrir como un dulcísimo néctar. Y mucho más porque me vino un pensamiento: “Quién sabe si esas penas pudiesen ser medio para consumar la vida y así poder emprender el último vuelo hacia mi sumo y único Bien.” Pero con suma pena, después de haber sufrido acerbas penas, he visto que esas penas no me consumaban la vida. ¡Oh Dios, qué pena, que esta frágil carne me impida unirme con mi Bien eterno! Después de esto he visto la sangrienta masacre que se hacía de aquellas personas que estaban bajo la columna. ¡Qué horrible catástrofe! Escasísimo era el número de los que no caían víctimas, llegaban a tal atrevimiento que trataban de matar al santo Padre. Pero después parecía que aquella sangre derramada, aquellas sangrientas víctimas destrozadas, eran medios para hacer fuertes a aquellos que quedaban, de modo que sostenían la columna sin hacerla bambolear más. ¡Oh, qué felices días! después de esto despuntaban días de triunfos y de paz, la faz de la tierra parecía renovada, la columna adquiría su primer lustre y esplendor. ¡Oh días felices, desde lejos yo os saludo, pues tanta gloria daréis a la Iglesia y tanto honor a Dios que es su cabeza!

Luisa Piccarreta Volumen 03 176

 

Jesús habla de su gran amor por las criaturas.

Mi dulcísimo Jesús continúa manifestándose casi siempre igual. Esta mañana ha agregado: “Hija mía, es tanto el amor hacia las criaturas, que como un eco resuena en las regiones celestiales, llena la atmósfera y se difunde sobre toda la tierra. ¿Pero cuál es la correspondencia que dan las criaturas a este eco amoroso? ¡Ay! me corresponden con un eco de ingratitud, venenoso, lleno de todo tipo de amarguras y de pecados, con un eco casi asesino, apto sólo para herirme. Pero yo despoblaré la faz de la tierra, a fin de que este eco lleno de veneno no aturda más mis oídos.” Y yo: “¡Ah! Señor, ¿qué dices?” Y Jesús: “Yo no hago más que como un médico piadoso, que tiene los remedios extremos para sus hijos, y estos hijos están llenos de llagas, ¿qué hace este padre y médico que ama a sus hijos más que la propia vida? ¿Dejará que se gangrenen estas llagas? ¿Los dejará morir por temor de que aplicando el fuego y los instrumentos ellos sufran? ¡No, jamás! Aunque sentirá como si sobre él se aplicaran tales instrumentos, con todo y esto tomará los instrumentos, desgarra y corta las carnes, aplica el remedio, el fuego, para impedir que la corrupción avance más. Si bien muchas veces sucede que en estas operaciones los pobres hijos se mueren, pero no era esta la voluntad del padre médico, sino que su voluntad es verlos curados. Así soy Yo, hiero para curarlos, los destruyo para resucitarlos; que muchos perezcan, no es esa mi Voluntad, esto es efecto de su malvada y obstinada voluntad, es efecto de este eco venenoso que, hasta no verse destruidos quieren enviármelo.” Y yo: “Dime, mi único Bien, ¿cómo podría endulzarte este eco venenoso que tanto te aflige?” Y Él: “El único medio es que tú hagas siempre todas tu obras con la sola finalidad de agradarme y que uses todos tus sentidos y potencias con la finalidad de amarme y glorificarme. Haz que cada pensamiento tuyo, palabra y todo lo demás, no quiera otra cosa que el amor que tienes hacia Mí, así tu eco subirá agradable a mi trono y endulzará mi oído.”

Luisa Piccarreta Volumen 02 170

El hombre es una reproducción del Ser Divino.

Esta mañana mi adorable Jesús ha venido y me ha transportado fuera de mí misma en medio a las gentes, y parecía que Jesús miraba con ojos de compasión a las criaturas, y los mismos castigos aparecían como infinita misericordia suya, salida de lo más íntimo de su corazón amorosísimo; entonces, vuelto hacia mí me ha dicho: “Hija mía, el hombre es una reproducción del Ser Divino, y como nuestro alimento es el amor, siempre recíproco, conforme y constante entre las Tres Divinas Personas, entonces, el hombre habiendo salido de nuestras manos y del amor puro y desinteresado, es como una partícula de nuestro alimento. Ahora, esta partícula se ha vuelto amarga; no sólo eso, sino que la mayor parte, separándose de Nosotros se ha hecho pasto de las llamas infernales y alimento del odio implacable de los demonios, nuestros y sus capitales enemigos. He aquí la causa principal de nuestro descontento por la pérdida de las almas: Porque son nuestras, son cosa que nos pertenece; y también la causa que me empuja a castigarlos, es el gran amor que tengo por ellos, para poder poner a salvo sus almas.” Y yo: “¡Ah! Señor, parece que esta vez no tienes otras palabras que decir más que de castigos, tu Potencia tiene tantos otros medios para salvar estas almas. Y además, si estuviera cierta que toda la pena caería sobre ellos y Tú quedaras libre, sin sufrir en ellos, me contentaría, pero veo que ya estás sufriendo mucho por aquellos castigos que has mandado, ¿qué será si continúas mandando otros castigos?” Y Jesús: “A pesar de todo lo que sufro, el Amor me obliga a enviar flagelos más pesados, y esto porque no hay medio más potente para hacer entrar en sí mismo al hombre y hacerle conocer qué cosa es su ser, que el hacer que se vea a sí mismo deshecho, los otros medios parece que lo robustecen de más; por eso confórmate a mi Justicia. Veo bien que el amor que tú me tienes es lo que te empuja a no conformarte conmigo, y no tienes corazón de verme sufrir, pero también mi Madre me amó más que todas las criaturas, tanto, que ninguna otra podrá jamás igualarla, sin embargo, para salvar a las almas se conformó a la Justicia y se contentó con verme sufrir tanto. Si esto hizo mi Madre, ¿cómo no lo podrías hacer tú?” Y en el momento en que Jesús hablaba me sentía atraer tanto mi voluntad a la suya, que casi no sabía resistir a conformarme con su Justicia, no sabía qué decir, tan convencida me sentía; sin embargo no manifesté mi voluntad. Jesús ha desaparecido y yo he quedado en esta duda, si debo o no conformarme.
Luisa Piccarreta Volumen 02 169/70

 

La cruz, un camino tachonado de estrellas.

Continúa Jesús haciéndose ver afligido. En cuanto ha venido se ha arrojado en mis brazos, todo extenuado como queriendo un alivio. Me ha participado un poco de sus sufrimientos y después me ha dicho: “Hija mía, el camino de la cruz es un camino lleno de estrellas, conforme se camina, esas estrellas se cambian en soles luminosísimos. ¿Qué felicidad será para el alma por toda la eternidad el estar circundada por estos soles? Además, el premio grande que doy a la cruz es tal, que no hay medida, ni de largo ni de ancho, es casi incomprensible a las mentes humanas, y esto porque al soportar las cruces no puede haber nada de humano, sino todo divino.”

Luisa Piccarreta Volumen 02 169